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mano sobre mano

La Huerta Amarilla

Publicado el 14/11/2008 a las 12:34


Cuando llegó la caravana, el pueblo se encontraba tranquilamente inmerso en una calma extraña y cubierto por una bruma que planeaba sobre todas y cada una de las cabezas de todas y cada una de las personas que allí vivíamos por entonces.

La caravana en realidad no lo era, pues consistía tan sólo en un par de vehículos a motor antiguos como ellos sólos, que se mantenían en funcionamiento más por milagro que por las habilidades que sus conductores poseían como mecánicos (que yo no dudo de que las tuvieran). Nadie sabe a ciencia cierta cuando llegaron del todo; quiero decir, el día exacto en que ocurrió eso. Tan sólo una mañana -una cualquiera de esas de otoño en el valle- alguien que ya no recuerdo llegó con la noticia de que se habían instalado unos gitanos por donde las casas viejas del arroyo, en la huerta amarilla, allá en los chopos. Sí sé que alguno lo comentó luego en cualquiera de las tiendas por la plaza esa mediodía. Y a la noche nadie ignoraba que allí estaban ellos, que habían encendido una fogata que se veía desde lejos entre los árboles y que cocinaban en perolos grandes y renegridos una comida densa, desabrida y comunitaria. Cruzco, incluso, fue menos cauto que el resto y esa noche se atrevió a acercarse a la orilla de los chopos, justo en donde comienzan las casas. Pero lo que vio se lo guardó para él y ya nunca volvió a hablar con nadie de aquello. Ahora pienso que fue por este motivo por lo que en un principio los fuimos dejando a su aire allá, por las casas arruinadas de la huerta.

Como esas casas viejas quedan tan alejadas del pueblo, en los primeros días nadie le dio importancia a la presencia de aquellas gentes en los lugares olvidados; ya que, al principio, no subieron jamás hasta la aldea. En soledad, las madres (porque las había) amamantaban a sus retoños sentadas debajo de un árbol al lado de los remolques, mientras removían una y otra vez aquella suerte de pócima borboritante con un palo largo y angosto, que alguno ya nos había descrito con todo lujo de detalles. Creo que en total no llegarían a la docena, todos sucios a decir de Manolo, que también bajó al día siguiente hasta los chopos, y a diferencia de Cruzco nunca supo guardar silencio.

Todos sucios y desaliñados. He de reconocer que al principio yo me los imaginaba también de aquella manera, quizá influido por las descripciones oídas a la noche en la taberna de Andrada; pero no tengo (o no tuve, mejor dicho) el valor necesario para bajar y comprobar todo lo que se decía por mí mismo. Al menos en aquellos tiempos primeros.

En la aldea, los aldeanos y los recién llegados no hicieron migas en absoluto. Ni buenas ni malas. Alguien dijo riendo que los había visto cómo se bañaban juntos en el regato, chicos y grandes, a pesar de que la temperatura por aquel entonces raramente invitaba a algo tan absurdo como eso. Aunque los días nublados sí. En los días nublados sí era posible creerse aquello que se contaba porque en esos días la temperatura se suaviza y se hace casi apetecible una imagen como esa. En realidad casi no me acuerdo, porque nunca le dí más importancia que la que tenía, pero me parece que entraron en la aldea por vez primera un sábado por la tarde, un quince de octubre. Retengo la fecha porque fue ésa una de las tardes que siempre recuerdo año tras año por traer consigo la niebla. Y la niebla es una de las estaciones del año que más me agradan. Hablo de la niebla como de una estación porque aquí, en la aldea, en cuanto salen dos días como esos ya no se terminan en mucho tiempo, y rara es la mañana que amanece a partir de esta fecha sin esa puntilla ribeteada de sueño que es la niebla. O sin llovizna, que eso también es otra de las cosas que por aquí siempre hace.

Esa misma tarde, furtivos como la niebla y enhebrados en carrefila se dejaron caer por vez primera los gitanos en la aldea. Y llegaron hasta la tienda. Y entraron en ella.

Aunque en realidad sólo entraron las mujeres. Recuerdo también que los hombres se encaminaron derechitos hasta el bar de Andrada, en la plaza, un poco más abajo de donde se encuentra la tienda, la botica, el estanco... Nadie comentó ninguna cosa cuando penetraron en aquel establecimiento en semipenumbra. Alguno, incluso, no quiso permanecer allí más tiempo y salió mirando de reojo a los recién venidos. Pero otros (bastantes) movidos por la curiosidad de tenerlos tan próximos permanecimos mirando hacia la puerta como si nunca hubiéramos visto nada parecido en la vida. Y en realidad pasaba eso, de manera literal. Pocohombre fue el primero en saltar: "Y estos ¿de dónde salen?" preguntó, impostando el tono de voz con que pretendía hacerse el gracioso delante de nosotros. "Del río" le informó de inmediato Santos, que estaba casi rozándome con el codo. "Se deben de haber escapado de un circo".

Aquellos hombres desgreñados, sin embargo, no contestaron la ofensa. El mayor, que ya debería de haber cumplido los ochenta, se dirigió muy recto y sombrío hasta la barra, y una vez allí le preguntó a Andrada: "¿tienes vino?".

Andrada tardó bastante en contestarle que no. Que aquella era una casa decente, y que no tenían nada que se pareciera a lo demandado.

Entonces un gitano fuerte que estaba al lado del viejo fue a decir algo, pero el anciano le cortó con un gesto. "Y, entonces, ¿qué están bebiendo estos señores?".

La voz del gitano viejo resonó por la taberna como surgida de lo hondo de un tubo. Tenía el gesto y la dignidad de un antiguo guerrero indígena, y miraba en linea recta, sin disimulos; pero Andrada no se dio por enterado y continuó limpiando los vasos que tenía delante. Lentamente, con premeditada desatención a pesar de que estaba muy pendiente de todo cuanto sucedía en el establecimiento, todos pudimos constatar cómo de manera casi imperceptible deslizaba la mano hacia donde sabíamos que descansaba, taladrado de tachuelas, el garrote.

El gitano grande y fuerte también percibió ese gesto.

"Deja eso" le amenazó. Pero Andrada no levantó la vista. "Tengo dinero" terció entonces el gitano viejo, mostrando unas monedas tan herrumbrosas que parecía que jamás se hubieran utilizado, sobre la palma mugrienta y sarmentosa de la mano. "No me digas", ironizó Andrada mirando un poco hacia nosotros, pero sin perder de vista aquella comitiva de desarrapados que inundaba su local dándole un aspecto nunca visto por el pueblo, como de circo venido a menos y oloroso a campo abierto, a resina de pino, a noche cerrada, a lobo, a raíces, a manantial, a hongos...

El gitano viejo, no sé por qué, se volvió entonces hacia donde yo estaba. "¿Puede usted comprarnos el vino?" me preguntó sin desviar los ojos de mis ojos un sólo instante. "Creo... creo que no" le dije, titubeando. Sabía que Andrada nunca me hubiera perdonado que respondiera otra cosa.

Vi entonces cómo se agitaba el cuerpo del gitano grande. Pero alguna otra fuerza rara y superior a la que lo convulsionaba lo contuvo. Si hubiera querido, pensé, habría roto allí mismo el bar entero sobre nuestras espaldas. El gitano viejo giró entonces la cabeza hacia la calle, por la que pasaban las gitanas, sus hembras. Se volvió lentamente y todos los demás también salieron, conteniendo el paso como gigantescas estatuas de dioses vencidos, parsimoniosos.

Hacía un frío de enero en la calle, por la que un perrillo solitario buscaba el calor sin encontrarlo antes de acomodarse entre las raíces humedecidas del olivo que desde hace quinientos años prospera en el centro exacto de la plaza.

"Malditos gitanos", sentí la voz de Andrada a mi espalda, "se piensan que todo el mundo es suyo". "¡A trabajar!" casi ordenaba otro de los parroquianos, ya valiente, pasado el peligro y ante la connivencia del resto.

Desde la puerta pude ver las bolsas vacías con que las mujeres habían pretendido transportar lo comprado, como pellejos arruinados y sin vida. Un soniquete de monedas viejas y desvalorizadas en la haldas de aquellas mujeronas los acompañó todo el trayecto.

Vi las caras sonrientes de las otras, las mujeres decentes de la aldea, asomadas como un racimo de uvas a la puerta del ultramarino. Oí que los gitanos se decían entre ellos: "Nada", y se perdían calle abajo envueltos en un mar de miradas inquietas, ensombrecidos por la brumilla y creo que más cansados y más viejos que hacía unos minutos.

Volví a mi lugar en la barra y apuré de un trago vaso de vino que Andrada, solícito como siempre, se apresuró en llenar.

Me lo pensé durante mucho tiempo. Al siguiente día, sin que nadie me viera bajé a los chopos con dos o tres botellas de vino, unas hortalizas frescas, pan, higos y una medida de aceite. Los gitanos ya no estaban.


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